Muse, el apropiacionismo de la épica

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Hablemos de grandilocuencia. Hagámoslo sin prejuicio, dejemos a un lado el temor purista a insertar en un concierto de rock grandes dosis de espectáculo. Hagamos como Muse y signifiquemos el espacio. Admiremos a la banda británica que a cada gira crece en inventiva y expresión artística. Creadores de expectación han convertido sus espectáculos en la gran espera de sus fieles seguidores, casi por encima de sus discos. Y eso es precisamente lo que diferencia a Muse de otros gigantes como Coldplay o U2. El espectáculo de la banda liderada por Matt Bellamy trasciende al álbum. Para bien y para mal, hace tiempo que “la gran obra de Muse” pasó a ser su show en perjuicio de sus nuevas canciones.

“Drones world tour” ha hecho parada esta semana en el Barclaycard Center de Madrid, desplegándose en dos citas que sin ser idénticas (‘Plug in baby’ fue echada de menos en la segunda cita) han propiciado un recuerdo calcado. Un show sin interrupciones, con constante información lumínica y sonora; con interludios instrumentales, imágenes evocadoras. Un repertorio que habla de cómo la banda ha evolucionado hasta lograr despojar de la palabra “espectáculo” toda connotación negativa para apropiarse de ella y ofrecer un directo al que parece imposible asignar un pero.

Rodeados por el público Matt Bellamy, Dominic Howard y Chris Wolstenholme (acompañados por Morgan Nicholls a la percusión y teclados) hacían su aparición en el centro de la pista después de que la intro instrumental pusiera en situación una escenografía 360º impecable con una rueda giratoria a modo de escenario, grandes telas sobre las que dibujar proyecciones y recreaciones del directo, o drones esféricos iluminados que dotaron al show de una constante sensación de ingravidez. Todo ello como un apoyo en significación y concepto, pero nunca como cimiento. Los pilares los encontramos en el sonido que hacía retumbar el pecho desde la inicial “Pyscho”, en los giros de voz de Bellamy ejecutados a la perfección acompañados por los característicos solos de guitarra (imponente ‘Stockholm Syndrome’) que definen el “sonido Muse”.

Un concierto medido y estudiado que no dejó lugar a la improvisación, de casi inexistente interacción con el público, pero en el que se respiró actitud.Quizás todo el despliegue tecnológico pudiera pecar de excesivo; puede que la distancia convirtiera a Muse en fríos héroes de escenario, pero temas como ‘Supermassive black hole’, ‘Starlight’ o ‘Uprising’ sirvieron de unión y revelaron la emoción más real, la menos elaborada, la que apela a la esencia de banda, la que convence a los veteranos más escépticos. Gustará o no, pero desde luego un concierto de Muse no pasa sin pena ni gloria.

Texto y foto: Wilma Lorenzo para Efe Eme.

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